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🏷️ Por qué clasificamos y cómo se escribe un nombre científico

De Aristóteles a Linneo: por qué «pez sierra» no sirve y qué reglas tiene escribir Canis lupus.

El problema: los nombres comunes no sirven para hablar en serio

Los taxónomos llevan identificadas alrededor de 1.75 millones de especies, y se calcula que en el planeta hay entre 10 y 100 millones. Con esos números, encontrar información sobre un organismo depende por completo de que todos lo llamemos igual, y los nombres comunes fallan en las tres direcciones posibles.

Fallan porque un mismo organismo tiene nombres distintos en cada región: al pavo se le dice guajolote en el centro de México y pavo de monte en el sureste, y a la papaya, en varias partes, fruta bomba. Fallan porque un mismo nombre se usa para organismos distintos: «pez sierra» nombra a especies diferentes según la costa. Y fallan porque muchos nombres comunes son directamente falsos: el caballito de mar no es un caballo, el pez estrella no es un pez y el pino de Norfolk no es un pino.

Además, cambian de idioma en idioma. Un artículo escrito en Japón sobre lo que ahí llaman de una forma es ilegible para alguien en México si no existe un nombre compartido. Ese nombre compartido es el nombre científico, y está en latín justamente porque es una lengua que ya no cambia y que no le pertenece a ningún país.

Dato: El aguacate se llama Persea americana en cualquier laboratorio del mundo, se escriba el artículo en español, japonés o alemán. Ese es todo el chiste del latín: nadie lo habla, así que a nadie le pertenece y no se mueve.

De Aristóteles a Linneo

El primer sistema de clasificación ampliamente aceptado lo desarrolló Aristóteles hace más de dos mil trescientos años. Dividió a los seres vivos en dos grandes grupos, plantas y animales, y a los animales los separó según dónde vivían: tierra, agua o aire.

Ese sistema duró muchísimo tiempo porque era práctico, pero agrupa por hábitat y no por parentesco. Con el criterio de Aristóteles, un murciélago va con las aves porque vuela, y una ballena va con los peces porque nada. Hoy sabemos que el murciélago y la ballena son mucho más parecidos entre sí —los dos son mamíferos— que cualquiera de los dos con un ave o un pez.

En el siglo XVIII, el naturalista sueco Carlos Linneo cambió el criterio: clasificó plantas y animales por su MORFOLOGÍA, es decir por su forma y estructura, y por su comportamiento. Comparar estructuras es mucho mejor que comparar hábitats, porque dos organismos que viven en el mismo lugar pueden no tener nada que ver, mientras que compartir la estructura de una extremidad es más difícil de explicar por casualidad.

Linneo aportó además el sistema de nombres que seguimos usando, la nomenclatura binomial, y la idea de acomodar los grupos unos dentro de otros. Y aquí está la parte importante: Linneo hizo todo eso un siglo antes de Darwin, o sea sin saber nada de evolución. Él creía estar describiendo un orden fijo. Lo notable es que su clasificación por estructura resultó, en su mayor parte, coincidir con el parentesco evolutivo, y ahora sabemos por qué: los organismos comparten estructuras porque las heredaron del mismo antepasado.

Dos maneras de agrupar, y qué pasa con el murciélago
AspectoPor hábitat (Aristóteles)Por estructura (Linneo)
Qué se comparaDónde vive el organismo y cómo se desplazaCómo está hecho por dentro y por fuera
Dónde cae el murciélagoCon las aves, porque vuelaCon los mamíferos: pelo, glándulas mamarias, huesos del brazo
Dónde cae la ballenaCon los peces, porque nadaCon los mamíferos: pulmones, amamanta, huesos de la aleta
Qué tan fácil es engañarloMucho: dos organismos sin parentesco pueden vivir igualMenos: compartir estructura interna es difícil por casualidad
Qué resultó serUn catálogo cómodo, pero sin relación con la historiaUna aproximación al parentesco, sin que Linneo lo supiera

Dato: Linneo también se clasificó a sí mismo. Fue quien puso el nombre Homo sapiens, que quiere decir «hombre sabio», y quien metió a los humanos en el mismo grupo que a los monos, lo cual en 1758 le costó bastantes disgustos.

La nomenclatura binomial, y cómo se escribe

Antes de Linneo, el nombre científico de una especie era una descripción en latín que podía ocupar un renglón entero. La nomenclatura binomial resolvió eso: dos palabras, siempre dos. La primera es el género, que es el grupo al que pertenece; la segunda es el epíteto específico, que distingue a esa especie de las demás del mismo género.

Es exactamente la lógica de un apellido y un nombre, y funciona igual de bien: Canis lupus es el lobo gris, Canis latrans es el coyote y Canis familiaris el perro. Con solo leer los tres nombres ya sabes algo que ninguna lista de nombres comunes te decía: que los tres son parientes cercanos. «Lobo», «coyote» y «perro» no tienen ni una letra en común.

Las reglas de escritura son estrictas y se califican. El género va con mayúscula inicial y el epíteto con minúscula, siempre, aunque venga de un nombre propio. Los dos van en cursiva, y si se escribe a mano —donde no hay cursivas— se subrayan por separado. El nombre completo se puede abreviar después de la primera mención dejando la inicial del género con punto: C. lupus.

  • Bien: Canis lupus

    Género con mayúscula, epíteto con minúscula, todo en cursiva. Es la forma correcta y es la única.

  • Mal: canis lupus

    El género siempre lleva mayúscula inicial. Este es el error más común de todos.

  • Mal: Canis Lupus

    El epíteto específico va en minúscula aunque el nombre científico se escriba al inicio de una oración.

  • Mal: Lupus

    El epíteto solo no nombra nada. Hay muchísimas especies con el mismo epíteto en géneros distintos; sin el género, no se sabe de cuál se habla.

  • Bien: C. lupus

    Se puede abreviar el género con su inicial y un punto, pero solo después de haberlo escrito completo alguna vez en el texto.

  • A mano: Canis lupus subrayado

    En un cuaderno no hay cursivas, así que se subrayan las dos palabras. En el examen esto cuenta.

Dato: Los nombres científicos a veces son bromas. Hay una avispa que se llama Aha ha, un molusco fósil bautizado Ittibittium por ser más chico que el género Bittium, y varias especies dedicadas a músicos y personajes. La regla obliga al formato, no a la solemnidad.

Clasificar es afirmar algo, no solo ordenar

La taxonomía es la disciplina que clasifica a los organismos y les asigna un nombre universalmente aceptado. Pero meter dos organismos en el mismo grupo no es como acomodar libros por color: es hacer una afirmación comprobable.

Cuando se dice que el lobo y el coyote están en el género Canis, se está afirmando que comparten un antepasado común más reciente que el que cualquiera de los dos comparte con un gato. Eso es una hipótesis, y se puede poner a prueba: comparando estructuras, comparando embriones y, desde hace unas décadas, comparando secuencias de ADN.

Por eso la clasificación cambia. Los hongos estuvieron durante siglos con las plantas, porque no se mueven y crecen del suelo; hoy están en un reino aparte y, de hecho, están más emparentados con nosotros que con un árbol. Las aves se consideraban un grupo separado de los reptiles, y hoy sabemos que están dentro del linaje de los dinosaurios.

Que estos cambios ocurran no es señal de que la clasificación sea arbitraria. Es señal de lo contrario: si fuera un capricho, nunca habría motivo para corregirla. Se corrige porque hay evidencia nueva, que es como funciona todo lo demás en ciencia.

Dato: El código de barras de ADN es la versión moderna de esta idea: se secuencia un gen corto y conocido —en animales, el COI de la mitocondria— y esa secuencia identifica la especie a partir de una escama, un pelo o una pluma. No sustituye a la taxonomía clásica: le agrega una herramienta que funciona con un pedacito de tejido.

Basado en: Biggs, Biología, cap. 17 «Organización de la diversidad de la vida», sección 1.