🌿 Líquenes, micorrizas y los hongos en tu vida
Dos asociaciones donde los dos ganan, cómo medir la calidad del aire contando líquenes, y para qué usamos los hongos.
Los líquenes: dos organismos, un solo cuerpo
Un liquen no es un organismo: son dos. Un hongo —casi siempre un ascomiceto— y un alga verde o una cianobacteria, viviendo juntos con las tareas repartidas en un mismo cuerpo.
El intercambio va en los dos sentidos, y por eso es mutualismo y no parasitismo. El hongo aporta la estructura, retiene el agua y los minerales, y protege a su socio de secarse y del exceso de luz. El alga aporta los azúcares que fabrica por fotosíntesis, porque el hongo no sabe fabricar su propio alimento. Ninguno de los dos vive así por separado.
Esa asociación logra algo que ninguno haría solo: colonizar la roca desnuda. Un liquen crece sobre piedra, sin suelo, sin tierra y con muy poca agua; las sustancias que produce van desintegrando la roca poco a poco y, con sus restos, van formando las primeras capas de suelo. Por eso los líquenes son de los primeros organismos que aparecen en un terreno nuevo —una colada de lava, una roca recién expuesta— y preparan el sitio para los musgos y después para las plantas. Es lo que en ecología se llama sucesión, y va a volver a aparecer en la unidad siguiente.
Dato: Hay líquenes creciendo en la Antártida, en el desierto y en la roca de alta montaña. Algunos crecen menos de un milímetro por año, y hay ejemplares en el Ártico a los que se les calculan miles de años de edad. Fechar líquenes es un método real para estimar cuándo quedó expuesta una superficie de roca.
Contar líquenes es medir el aire
Un liquen absorbe agua y nutrientes directamente del aire por toda su superficie, y no tiene raíces ni ningún mecanismo para filtrar lo que entra. En consecuencia, acumula todo lo que haya en el aire, incluidos los contaminantes.
De ahí que sea un bioindicador: un organismo cuya presencia o ausencia informa sobre el estado del ambiente. Donde el aire está limpio, los troncos y las bardas se llenan de líquenes de varios tipos; donde hay contaminación —sobre todo dióxido de azufre y otros gases del tráfico y de la industria— los líquenes desaparecen, y los primeros en irse son los más sensibles.
Esto se puede medir sin ningún aparato, y es un ejercicio que puedes hacer de verdad. Elige árboles del mismo tipo en una avenida con mucho tráfico y en un parque alejado, revisa un cuadro del mismo tamaño en cada tronco a la misma altura, y cuenta cuántos tipos distintos de liquen encuentras en cada uno. La diferencia entre los dos sitios es un dato sobre el aire que respiras, obtenido con una regla y una libreta.
Un aviso metodológico que vale para cualquier muestreo, y que ya viste en el método científico: hay que mantener constante todo lo demás. Mismo tipo de árbol, misma altura, misma orientación del tronco y misma superficie contada. Si comparas un mezquite de la avenida con un ficus del parque, no estás midiendo el aire: estás midiendo la diferencia entre dos árboles.
Dato: En Europa se usan mapas de líquenes desde el siglo XIX para seguir la contaminación urbana. Las zonas sin ningún liquen en los troncos se llegaron a llamar «desiertos de líquenes», y coincidían con notable precisión con las áreas industriales.
Las micorrizas: la sociedad bajo tus pies
Una micorriza es la asociación entre un hongo y las raíces de una planta, y es muchísimo más común de lo que suena: la tienen la enorme mayoría de las plantas terrestres. Debajo de casi cualquier terreno con vegetación hay una red de hifas conectada a las raíces.
El intercambio, otra vez, va en los dos sentidos. El hongo extiende sus hifas por el suelo mucho más lejos y mucho más fino de lo que puede llegar una raíz, y le entrega a la planta agua y minerales —sobre todo fósforo, que es difícil de conseguir—. La planta le entrega al hongo azúcares hechos por fotosíntesis, que el hongo no puede fabricar.
La ventaja para la planta es exactamente el argumento de superficie del tema anterior: sus raíces alcanzan una superficie de absorción enormemente mayor sin tener que gastar en construir más raíz. Una hifa es muchísimo más delgada que la raíz más fina, así que se mete por huecos del suelo donde una raíz no cabe.
El efecto se nota. Las plantas con micorrizas crecen mejor, resisten mejor la sequía y toleran mejor los suelos pobres. Y hay redes de hifas que conectan a varios árboles del mismo bosque entre sí, por las que se ha documentado transferencia de nutrientes de un árbol a otro.
| Aspecto | Liquen | Micorriza |
|---|---|---|
| Quiénes se asocian | Un hongo con un alga o una cianobacteria | Un hongo con las raíces de una planta |
| Qué pone el hongo | Estructura, agua, minerales y protección | Superficie de absorción: agua y minerales, sobre todo fósforo |
| Qué pone el otro | Azúcares hechos por fotosíntesis | Azúcares hechos por fotosíntesis |
| Dónde se ve | Manchas grises, verdosas o anaranjadas en troncos, bardas y rocas | Bajo tierra: no se ve, y la tiene la mayoría de las plantas |
| Para qué nos sirve saberlo | Es un bioindicador: mide la calidad del aire | Explica por qué un suelo vivo hace crecer mejor a las plantas |
| Qué tipo de relación es | Mutualismo: los dos ganan | Mutualismo: los dos ganan |
Dato: Cuando se trasplanta un árbol a un terreno donde no hay hongos del suelo adecuados, muchas veces no prospera aunque tenga agua y luz de sobra. En reforestación se llegan a inocular micorrizas a propósito, porque plantar el árbol sin su socio es plantar la mitad del sistema.
Los hongos en tu vida diaria
Sin hongos no habría pan esponjado, ni cerveza, ni vino, ni queso azul, ni salsa de soya. Las levaduras fermentan azúcares produciendo dióxido de carbono —que hace subir la masa— y alcohol, y varios mohos participan en la maduración de quesos y embutidos. Y hay hongos que se comen directamente: champiñones, setas, huitlacoche.
En medicina, el primer antibiótico salió de un hongo: la penicilina, del moho Penicillium, que la produce para defenderse de las bacterias. De hongos salen también fármacos que evitan el rechazo en trasplantes y varios medicamentos más.
También hacen daño. Algunos causan enfermedades de la piel como el pie de atleta y la tiña, que son superficiales y tratables. Otros arruinan cosechas: las royas y los mildiús cuestan cada año pérdidas enormes. Y ciertos mohos que crecen en granos mal almacenados —maíz, cacahuate— producen aflatoxinas, unas sustancias tóxicas y cancerígenas, razón por la cual los granos húmedos no se guardan y el maíz enmohecido no se aprovecha.
Y una advertencia que importa de verdad: no todos los hongos silvestres son comestibles, y varios de los venenosos se parecen muchísimo a los buenos. No existe ninguna regla casera confiable —ni el color, ni que los animales lo coman, ni que una cuchara de plata se ennegrezca—; la única forma segura es la identificación por alguien que sepa. En México hay una tradición micológica enorme y muy valiosa, sostenida por personas que reconocen las especies de su región por experiencia directa, y ese conocimiento es justamente lo que no se puede improvisar.
Descomponedores, lo primero
Su papel más importante no es el pan ni la penicilina: es reciclar la materia muerta. Junto con las bacterias, devuelven al suelo el carbono y el nitrógeno de todo lo que muere.
En la cocina
Levaduras para el pan y las bebidas fermentadas, mohos para quesos y salsa de soya, y cuerpos fructíferos que se comen directamente.
En la medicina
La penicilina y otros antibióticos, e inmunosupresores para trasplantes. Sustancias que los hongos fabrican para competir, y que nosotros aprovechamos.
En la agricultura
Como plaga —royas, mildiús, tizones— y como aliado, en las micorrizas que hacen crecer mejor los cultivos.
En la salud
Micosis de piel como el pie de atleta y la tiña, y aflatoxinas en granos mal almacenados, que son tóxicas y cancerígenas.
Dato: El huitlacoche es un hongo, Ustilago maydis, que infecta la mazorca del maíz. En casi todo el mundo se considera una plaga y se destruye; en México es un ingrediente apreciado, y se cultiva a propósito. El mismo organismo, y lo que cambia es qué se decidió hacer con él.
Basado en: Biggs, Biología, cap. 20 «Los hongos», sección 3.