🐺 El comportamiento social: qué gana el que lo hace
Peleas que no hieren, jerarquías, territorios, forrajeo, migración y ritmos, lenguaje, cortejo, crianza y el problema del altruismo.
Pelear sin pelear
El COMPORTAMIENTO AGONÍSTICO es el que aparece cuando dos individuos de la misma especie compiten por algo: comida, un sitio, una pareja. Y lo que hay que ver antes que nada es cómo termina casi siempre: SIN heridas.
Dos lobos que se disputan la posición gruñen, enseñan los dientes, erizan el pelo, se empujan, y en algún momento uno de los dos se echa atrás, agacha la cabeza o expone el cuello. El otro para. Dos ciervos entrelazan las astas y empujan hasta que uno cede. Dos gatos se miran fijamente y uno se retira.
La razón de que sea así es económica y vale la pena entenderla, porque desarma la idea de que la naturaleza es una carnicería. En una pelea de verdad, también el ganador se juega quedar herido, y un animal herido no caza, no se defiende y muchas veces no llega al invierno. Ganar una pelea a muerte por un trozo de carne puede costar la vida entera. Así que la selección favorece a los que resuelven el pleito midiéndose antes de llegar a las manos.
Por eso casi todas las exhibiciones son señales de TAMAÑO y de FUERZA: erizarse para parecer más grande, mostrar los dientes o las astas, rugir grave —un sonido grave delata un cuerpo grande y es difícil de falsificar—. Son maneras de que los dos calculen quién ganaría y de que el que perdería se retire antes.
Y de ahí salen las dos instituciones sociales del tema: la jerarquía y el territorio, que son las dos formas de no tener que repetir el pleito todos los días.
Exhibición de amenaza
Parecer más grande y más fuerte. Sirve para que el otro calcule y se retire.
Señal de sumisión
Agachar la cabeza, exponer el cuello, encoger el cuerpo. Termina el conflicto sin heridas.
Por qué casi nunca hay muerte
El ganador también se juega quedar herido, y un animal herido no sobrevive mucho.
Señales difíciles de falsificar
Un rugido grave delata un cuerpo grande. Las señales útiles son las que no se pueden fingir.
Dato: Cuando un perro se echa panza arriba delante de otro no está jugando ni pidiendo cariño necesariamente: es la señal de sumisión más clara que tiene, y su función es apagar el conflicto exponiendo la parte más vulnerable del cuerpo.
Jerarquía y territorio: dos maneras de no repetir el pleito
Una JERARQUÍA DE DOMINANCIA es un orden social estable en el que cada individuo sabe quién está por encima y quién por debajo. El primero come primero, se reproduce primero y elige sitio primero.
El nombre clásico es «orden de picoteo», y viene de las gallinas, donde se describió por primera vez: en un gallinero hay una que picotea a todas, otra que picotea a todas menos a la primera, y así hasta la última, que no picotea a ninguna.
Suena injusto, y para el de abajo lo es. Pero la alternativa es peor para todos: sin jerarquía habría que pelear cada comida y cada día. Establecido el orden una vez, se resuelven cientos de conflictos futuros con un gesto. Incluso al último de la fila le va mejor que peleando a diario.
El COMPORTAMIENTO TERRITORIAL es la otra solución: en vez de repartir el rango, se reparte el espacio. Un individuo o un grupo ocupa una zona, la marca y la defiende, y ahí dentro tiene acceso preferente a la comida, al refugio y a las parejas.
Lo interesante es que las marcas —el canto de un pájaro a primera hora, la orina de un perro, los arañazos de un oso en un tronco— sustituyen a la vigilancia. Un pájaro no puede patrullar su territorio todo el día; cantando anuncia que está ocupado y que hay quien lo defienda, y el que llega se ahorra el intento.
Y hay un límite claro: defender territorio cuesta tiempo y energía, así que solo compensa cuando el recurso es lo bastante valioso y lo bastante concentrado como para poder defenderse. Nadie defiende un territorio de plancton en mar abierto.
| Aspecto | Jerarquía de dominancia | Territorio |
|---|---|---|
| Qué se reparte | El rango: quién va primero | El espacio: quién manda dónde |
| Cómo se establece | Con enfrentamientos rituales, casi siempre sin heridas | Ocupando, marcando y anunciando |
| Cómo se recuerda | Cada uno reconoce a los demás individualmente | Con marcas: canto, olor, arañazos |
| Qué ahorra | Pelear por cada comida todos los días | Vigilar y disputar el sitio continuamente |
| Cuándo compensa | En grupos estables que conviven a diario | Cuando el recurso es valioso y se puede defender |
Dato: El canto de los pájaros al amanecer, que suena a celebración, es en buena parte un anuncio de propiedad y de disponibilidad: «este territorio está ocupado, y aquí sigo». Se canta a esa hora porque el aire quieto y fresco de la madrugada transmite el sonido mucho más lejos.
Comer, viajar y saber qué hora es
El COMPORTAMIENTO DE FORRAJEO es todo lo que un animal hace para conseguir alimento: buscarlo, elegirlo, atraparlo y comérselo. Y no es un asunto menor, porque conecta directamente con la factura del tema del calor: un endotermo tiene que conseguir mucha energía y no puede permitirse gastar más buscándola de la que obtiene.
De ahí sale la idea del forrajeo ÓPTIMO: la selección favorece a los que consiguen la mejor relación entre la energía que obtienen y la que gastan en obtenerla. Un ave que rompe caracoles elige los del tamaño que más alimento le da por golpe; un león prefiere una presa vieja o enferma no por crueldad, sino porque la cacería le va a costar menos.
El COMPORTAMIENTO MIGRATORIO es el viaje periódico entre dos regiones, casi siempre siguiendo la comida y el clima. Las ballenas grises van de Alaska a las lagunas de Baja California; las mariposas monarca llegan cada año a los bosques de oyamel de Michoacán y el Estado de México; hay aves que cruzan continentes enteros.
Migrar es carísimo y peligrosísimo, así que solo se sostiene si lo que se gana es mayor: criar donde hay comida abundante y seguridad, y pasar el mal tiempo donde se puede sobrevivir. Y hay que orientarse: los animales usan el sol, las estrellas, el campo magnético de la Tierra y accidentes del paisaje, a veces varias cosas a la vez.
El caso de la monarca es especialmente notable: ningún individuo hace el viaje completo de ida y vuelta. La mariposa que llega a Michoacán es tataranieta de la que salió, y aun así encuentra los mismos bosques. La ruta no se aprende de nadie: se hereda.
Y para todo esto hace falta un reloj. El RITMO CIRCADIANO es el ciclo interno de aproximadamente 24 horas que regula cuándo un animal duerme, come y está activo. Lo notable es que sigue funcionando aunque se le quite toda referencia externa: un animal en oscuridad constante mantiene su ciclo, solo que se le va desajustando poco a poco. No es una respuesta a la luz: es un reloj propio que la luz pone en hora.
Hay ciclos más largos, los ritmos estacionales, y son los que disparan la migración, la hibernación, la muda del pelaje y las épocas de reproducción. La señal más fiable para medir la estación no es la temperatura —que puede engañar— sino la duración del día, que es exactamente el mismo criterio del fotoperiodo que ya viste en las plantas.
Dato: El desfase horario que se siente al viajar en avión es exactamente el ritmo circadiano protestando: el reloj interno sigue en la hora de origen y tarda unos días en ponerse en hora con la luz del sitio nuevo. Es la prueba más cotidiana de que ese reloj existe y de que es interno.
Hablarse, cortejar y criar
El LENGUAJE animal es cualquier sistema de señales con el que los individuos de una especie se transmiten información. Puede ser sonido —el canto, el aullido, la llamada de alarma—, olor —las feromonas de una hormiga marcando un rastro—, gesto o color.
El ejemplo más famoso es la danza de la abeja: al volver a la colmena, una abeja recorre un trayecto en forma de ocho cuya ORIENTACIÓN indica la dirección de la flor respecto al sol y cuya DURACIÓN indica la distancia. Sus compañeras salen y la encuentran.
Y ahora la precisión que hay que hacer, porque el libro la señala y suele generar discusión: eso no es lenguaje en el sentido en que lo es el humano. La abeja transmite un dato concreto sobre algo presente; no puede hablar de la flor de la semana pasada, ni de una flor imaginaria, ni combinar sus señales para decir cosas nuevas. Lo que distingue al lenguaje humano no es tener señales sino poder combinarlas sin límite para decir cosas que nunca se han dicho. A los chimpancés se les ha enseñado a usar cientos de signos y a combinarlos un poco; hasta dónde llega eso sigue discutiéndose.
El COMPORTAMIENTO DE CORTEJO es todo lo que sirve para conseguir pareja: el canto, el plumaje, la danza, la construcción de un nido de exhibición, los regalos de comida. Y tiene dos funciones, no una: identificar a alguien de la propia especie —un apareamiento equivocado es un desperdicio total— y demostrar la propia calidad como pareja.
Lo segundo explica los excesos. La cola de un pavo real es un estorbo enorme: pesa, se ve desde lejos y dificulta huir. Y ese es exactamente el mensaje: solo un macho muy sano puede permitirse cargar semejante desperdicio y seguir vivo. Una señal cara es una señal creíble, porque es difícil de fingir.
El COMPORTAMIENTO DE CRIANZA es el cuidado de las crías después de nacer, y ya viste la disyuntiva completa en esta unidad: el bacalao pone millones de huevos y no cuida ninguno; un ave pone tres y los cuida meses; un mamífero tiene uno o dos y los cuida años. Las dos estrategias funcionan, y la diferencia está en cuánto se invierte en cada descendiente.
Dato: Cuando Karl von Frisch describió la danza de las abejas en los años cuarenta, casi nadie le creyó: parecía imposible que un insecto codificara dirección y distancia. Le dieron el premio Nobel en 1973, junto con Lorenz y Tinbergen, por fundar entre los tres el estudio del comportamiento animal.
El altruismo, y por qué cierra el libro
Queda un caso que la vara del tema —¿qué gana quien lo hace?— parece no poder explicar, y por eso es el mejor final para el curso.
El COMPORTAMIENTO ALTRUISTA es aquel en el que un individuo se perjudica para beneficiar a otros. Una ardilla que da la alarma al ver un halcón atrae la atención sobre sí misma y aumenta su propio riesgo. Una abeja obrera no se reproduce nunca y muere al picar. Un suricato monta guardia mientras los demás comen.
El problema es de fondo y hay que verlo con claridad. Si un comportamiento se conserva porque quien lo tiene deja más descendencia, un comportamiento que reduce la descendencia propia debería desaparecer en pocas generaciones. Los individuos egoístas dejarían más hijos y sus genes se impondrían. El altruismo no debería existir.
Y sin embargo existe, y la salida es una idea sencilla y potentísima: lo que se propaga no son los individuos, son los GENES. Y tus parientes llevan copias de tus mismos genes.
Con números. Un hermano tuyo comparte contigo, en promedio, la mitad de tus genes; lo mismo que un hijo. Un medio hermano o un sobrino, una cuarta parte. Un primo hermano, una octava parte. Así que salvar a un hermano propaga, en promedio, tantos genes tuyos como tener un hijo. Y salvar a ocho primos, también.
Entonces la conducta deja de ser un misterio: la ardilla que da la alarma casi siempre está rodeada de parientes, y su riesgo se paga con los parientes que sobreviven. Y el caso extremo son los insectos sociales, donde las obreras están tan emparentadas entre sí que criar hermanas les propaga más genes que tener hijas propias.
Al biólogo J. B. S. Haldane le atribuyen la manera más corta de decirlo: preguntado si daría la vida por su hermano, contestó que no por un hermano, pero sí por dos hermanos u ocho primos.
Y con eso cierra la materia. Empezaste el libro con la célula y con qué distingue a lo vivo, y terminas con una conducta que parecía refutar la selección natural y que, mirada de cerca, la confirma. Ese es el hilo de los treinta y siete capítulos: casi todo lo que un ser vivo hace o tiene se entiende preguntando qué le costó, qué le dio y quién lo heredó.
Dato: Las obreras de una colmena están emparentadas entre sí más de lo que estarían con sus propias hijas, por la manera peculiar en que se determina el sexo en las abejas. Criar hermanas les propaga más genes que reproducirse. El sacrificio de una obrera no es generosidad: es aritmética.
Basado en: Biggs, Biología, cap. 31 «Comportamiento animal», sección 2.