🎨 Educación, ciencia, arte y cultura novohispana
Quién podía estudiar en Nueva España, qué escribieron y construyeron con esas letras, y cómo la Ilustración abrió, al final del periodo, otro tipo de escuela.
La imprenta, la universidad y los colegios: quién entraba
La primera imprenta de todo el continente americano se instaló en la Ciudad de México en 1539, en el taller del impresor Juan Pablos, traído por encargo del impresor sevillano Juan Cromberger. Antes de esa fecha, cualquier libro que circulaba en Nueva España tenía que llegar por barco desde España; después, ya se podían componer e imprimir textos aquí mismo, sobre todo catecismos, gramáticas de lenguas indígenas y ordenanzas.
Una cédula real de 1551 ordenó fundar la Real y Pontificia Universidad de México, que abrió sus primeras cátedras algunos años después, con estudios de teología, cánones, leyes, artes y medicina, organizados como en las universidades españolas de la época. A ella se sumaron, desde los años setenta del siglo XVI, los colegios de las órdenes religiosas, sobre todo los que fundaron los jesuitas en varias ciudades del virreinato, que llegaron a ser los centros de enseñanza más prestigiados fuera de la propia universidad.
Ni la universidad ni esos colegios estaban abiertos a cualquiera. Estudiaban ahí, en general, varones españoles y criollos. Los estatutos de la universidad cerraban la puerta a negros, mulatos y otras castas; a los indígenas y los mestizos no los excluía la ley, pero en la práctica muy pocos llegaban, casi siempre hijos de caciques, y el antecedente de esa educación para la nobleza indígena es el Colegio de Tlatelolco, que ya se contó. Las mujeres, sin distinción de origen, no tenían acceso a ninguna de estas instituciones: su educación, cuando la había, ocurría en conventos o en casa, y rara vez pasaba de las primeras letras y la doctrina cristiana.
1539
Se instala en la Ciudad de México la primera imprenta del continente americano
1551 · 21 de septiembre
Una cédula real ordena fundar la Real y Pontificia Universidad de México
La imprenta
Permitió componer libros en Nueva España en vez de esperar a que llegaran por barco desde España.
La universidad y los colegios
Reservados, en general, a varones españoles y criollos; los jesuitas fueron la orden con más colegios propios.
Quién quedaba fuera
Por estatuto, negros, mulatos y otras castas; en la práctica, casi todos los indígenas; y, sin distinción de origen, todas las mujeres.
Sor Juana Inés de la Cruz y Carlos de Sigüenza y Góngora
Excluida de la universidad por ser mujer, Sor Juana Inés de la Cruz aprendió por su cuenta, primero con los libros de su abuelo y después en la corte del virrey, hasta que entró como monja al convento de San Jerónimo. Desde su celda escribió poesía, teatro y prosa, y reunió una biblioteca propia que sus contemporáneos mencionan con admiración.
El primero de marzo de 1691 firmó la Respuesta a sor Filotea, una carta en la que defendió, punto por punto, el derecho de las mujeres a estudiar. La escribió después de que el obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz, le hiciera una reconvención pública bajo el nombre de sor Filotea, reprochándole que dedicara su talento a las letras humanas en vez de a los asuntos religiosos.
Lo que sigue conviene contarlo con las tres cajas de este tema. Documentado está que después de la Respuesta dejó pocos escritos nuevos y que murió pocos años después; documentado está también el contenido de la carta, que defiende el estudio como algo compatible con la fe. Que dejara de escribir por presión eclesiástica, y no por otras razones personales que no se conocen, es una interpretación que discuten los especialistas, no un hecho que se pueda dar por probado sin más.
Contemporáneo suyo fue Carlos de Sigüenza y Góngora, catedrático de matemáticas y astrología en la propia universidad, cosmógrafo y cartógrafo del virreinato, que discutió con argumentos de su época el significado de los cometas y dejó, además, una crónica de primera mano del tumulto que incendió el palacio virreinal en 1692. Los dos muestran que el pensamiento novohispano no se limitaba a repetir lo que llegaba de Europa: lo discutía y, cuando hacía falta, lo contradecía.
1691 · 1 de marzo
Sor Juana firma la Respuesta a sor Filotea, en defensa del derecho de las mujeres a estudiar
«[…] ¿qué podemos saber las mujeres sino filosofías de cocina? Bien dijo Lupercio Leonardo, que bien se puede filosofar y aderezar la cena. Y yo suelo decir viendo estas cosillas: Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito.»
Qué hay que ver aquí: Sor Juana usa la ironía como argumento: repite, como si la aceptara, la idea de que a una mujer solo le toca saber de cocina, y en la misma frase demuestra que hasta de ahí se puede sacar filosofía. No está diciendo que la cocina sea poca cosa; está diciendo que el conocimiento no depende de dónde ocurra, sino de quién sepa mirarlo.
El arte: el barroco, el tequitqui y las letras novohispanas
El barroco novohispano dominó buena parte del periodo virreinal y se reconoce por su ornamento recargado: retablos cubiertos de hoja de oro, columnas talladas en forma de estípite y, en su versión más exuberante, el churrigueresco. Las catedrales de la Ciudad de México y de Puebla, levantadas a lo largo de generaciones, guardan retablos de ese estilo; el Sagrario Metropolitano, junto a la catedral de la capital, es de los ejemplos más citados de churrigueresco, igual que el templo de Santa Prisca en Taxco o la iglesia de Tonantzintla, cuya decoración interior, hecha por manos indígenas, llena la bóveda de ángeles, frutas y flores en la que muchos estudiosos ven formas de tradiciones anteriores a la llegada de los españoles.
A las obras del siglo XVI que combinan modelos europeos con la mano de obra y la sensibilidad indígena algunos historiadores del arte las llaman tequitqui, o arte indocristiano; es un término discutido, porque no todos coinciden en qué tanto de «indígena» queda ahí y qué tanto es un modelo europeo simplemente ejecutado por otras manos. Conviene presentarlo como lo que es: una manera de nombrar el problema, no una respuesta cerrada.
En la pintura destacan Cristóbal de Villalpando y, ya más adelante, Miguel Cabrera, autores de grandes lienzos para catedrales y conventos. Junto a la pintura de caballete se desarrollaron piezas propias de Nueva España, como el biombo, mueble plegable de origen asiático adoptado y decorado aquí con escenas locales, y el enconchado, técnica que incrusta fragmentos de concha nácar en la superficie antes de pintarla, y que le da a la obra un brillo particular.
En las letras, Juan Ruiz de Alarcón nació en Nueva España y llevó su teatro a triunfar en los escenarios de Madrid, y Bernardo de Balbuena, nacido en España y criado aquí, dedicó a la capital su poema «Grandeza mexicana». Las pinturas de castas, que también son de este periodo, se estudian en el tema dedicado a la sociedad novohispana, porque interesa ahí más lo que clasifican que su forma.
| Aspecto | Qué se afirma | Qué tan firme es |
|---|---|---|
| Que hubo obras del siglo XVI hechas con manos indígenas | Documentado. | Se conserva en los propios edificios y en los registros de los conventos que las encargaron. |
| Qué tan «indígena» es el resultado que se llama tequitqui | En disputa. | Los especialistas discrepan sobre si esas formas reflejan una visión propia o son un modelo europeo simplemente ejecutado por otra mano. |
| Que Sor Juana dejó de escribir por presión eclesiástica | En disputa. | Documentado está que dejó pocos escritos nuevos después de la Respuesta; que la causa fuera esa presión y no otra es interpretación de quienes investigan. |
La Ilustración novohispana: otra ciencia, otro arte
Hacia el siglo XVIII llegó a Nueva España la Ilustración, la corriente de pensamiento europea que confiaba en la razón y en la observación por encima de la autoridad heredada, y que inspiró también las reformas de la Corona en ese siglo. Su huella más clara en la cultura fueron dos escuelas nuevas: la Real Academia de San Carlos, fundada en 1783, primera escuela de arte del continente, pensada para enseñar pintura, escultura y arquitectura bajo modelos más sobrios que el barroco anterior; y el Real Seminario de Minería, abierto en 1792, primera escuela de ciencias aplicadas del continente, dedicada a formar ingenieros para la actividad que sostenía la economía del virreinato.
A esas escuelas se sumó, a finales del siglo XVIII, un jardín botánico en la Ciudad de México y una expedición científica que recorrió el territorio catalogando plantas útiles, y la obra de José Antonio Alzate, que publicó gacetas con noticias de ciencia, de agricultura y de invenciones, y que discutió con otros hombres de su época qué tan aplicable era ese conocimiento a la vida novohispana.
El nuevo gusto artístico que trajo la Ilustración se llama neoclásico, y su figura más visible es el escultor y arquitecto Manuel Tolsá, autor del edificio del Palacio de Minería y de la estatua ecuestre del rey Carlos IV, ambos en la Ciudad de México. Frente al ornamento recargado del barroco, el neoclásico buscaba líneas sobrias y proporciones equilibradas, tomadas de modelos de la antigüedad grecorromana.
Los jesuitas expulsados de los territorios de la Corona en 1767, medida que se cuenta con su contexto político en el tema de las reformas borbónicas, siguieron escribiendo desde el exilio: entre ellos, Francisco Javier Clavijero compuso una «Historia antigua de México» pensada para reivindicar, ante lectores europeos, el pasado indígena y la naturaleza de la tierra que había dejado atrás.
1783
Una cédula de Carlos III funda la Real Academia de San Carlos, la primera escuela de arte de América
1792
Abre el Real Seminario de Minería, la primera escuela de ciencias aplicadas del continente
Dato: La Real Academia de San Carlos y el Real Seminario de Minería fueron, cada una en su campo, las primeras escuelas de su tipo en todo el continente americano.
Basado en: Gloria M. Delgado de Cantú, «Historia de México», y el programa de Historia de México I de la DGB/SEP.