🔥 Rebeliones y resistencia en el Virreinato
De la guerra chichimeca al levantamiento de Jacinto Canek: la resistencia indígena en el Virreinato fue casi siempre local y por agravios concretos, y no se agotó en las armas.
La guerra chichimeca: de las armas a los regalos
Al norte de lo que ya controlaban los españoles vivían pueblos nómadas y seminómadas a los que, sin distinguir entre ellos, se llamó en conjunto chichimecas: entre otros, los guachichiles, los zacatecos, los pames y los guamares. No tenían ciudades que sitiar ni un gobierno único que someter, y desde mediados del siglo XVI se enfrentaron a los españoles en una guerra larga y dispersa, concentrada sobre todo alrededor del camino que llevaba la plata desde el norte hacia el centro del virreinato y que, por eso mismo, los asaltos chichimecas ponían en riesgo constante.
La primera respuesta de la Corona fue una política que se conoce como la guerra a fuego y sangre: una autorización para hacer la guerra sin las limitaciones que en otras partes protegían a los pueblos indígenas, incluida la posibilidad de esclavizar a quienes fueran capturados como enemigos en esa guerra. El resultado no fue la pacificación que se buscaba, sino más asaltos: cada expedición punitiva y cada esclavización alimentaban la siguiente ronda de ataques, en un conflicto que se prolongó durante décadas sin que ningún bando lograra una victoria definitiva.
Hacia 1590 la Corona cambió de estrategia por completo. En vez de más soldados, ofreció regalos, alimentos y ropa a cambio de paz; en vez de soldados, misioneros y tierras de cultivo, para ganar confianza sin combate. A esa política se le conoce como la paz por compra, y se apoyó además en un recurso de población: la Corona trasladó al norte a varios cientos de familias tlaxcaltecas, que fundaron poblados nuevos entre los chichimecas para servir de ejemplo de vida sedentaria y cristiana, con tierra y privilegios propios a cambio de establecerse ahí.
La paz por compra funcionó donde la guerra a fuego y sangre había fracasado, y hacia el final de ese mismo siglo la frontera norte del virreinato dejó de ser una zona de guerra abierta. Eso no significó que todos los pueblos del norte aceptaran el dominio español de la misma manera ni al mismo tiempo, como muestra la siguiente sección.
1590
La Corona cambia la guerra chichimeca por acuerdos, regalos y poblamiento negociado
Los pueblos chichimecas
Nombre colectivo, dado por los españoles sin distinguirlos, para pueblos como los guachichiles, los zacatecos, los pames y los guamares.
El camino de la plata
La ruta que unía el norte minero con el centro del virreinato, y que los asaltos chichimecas ponían en riesgo constante.
| Aspecto | La guerra a fuego y sangre | La paz por compra |
|---|---|---|
| Qué ofrecía la Corona | Campañas militares y la posibilidad de esclavizar a los capturados como enemigos de guerra. | Regalos, alimentos, ropa, tierras de cultivo y misioneros en lugar de soldados. |
| Qué resultado tuvo | Alimentó más asaltos: cada campaña y cada esclavización provocaban la siguiente ronda de ataques. | Fue la que de verdad terminó con la guerra abierta, hacia 1590. |
| Con qué otro recurso se apoyó | Ninguno adicional: dependía solo de la fuerza militar. | El asentamiento de varios cientos de familias tlaxcaltecas en poblados nuevos del norte. |
Dato: Las familias tlaxcaltecas que se asentaron en el norte no llegaron como vencidas: negociaron tierra, gobierno propio de su pueblo y exención de tributo a cambio de fundar esos poblados, y sus descendientes defendieron esos privilegios durante generaciones.
Los tepehuanes y otros levantamientos del norte
En 1616 estalló en la Nueva Vizcaya, la región que hoy ocupan Durango y parte de Chihuahua y Sinaloa, la rebelión de los tepehuanes, la más grande que enfrentó el norte novohispano en ese siglo. Tuvo un componente que no aparece en la guerra chichimeca: lo encabezó una figura profética, que anunciaba a los tepehuanes el fin del dominio español y el regreso de las costumbres y creencias anteriores a la evangelización. Los rebeldes atacaron misiones, mataron a varios religiosos y a colonos españoles, e incendiaron poblados antes de que la respuesta militar sofocara el levantamiento.
La rebelión de los tepehuanes no fue la única del norte en el resto del periodo. Los tarahumaras se levantaron más de una vez a lo largo del siglo XVII contra el avance de misiones y presidios sobre su territorio, en episodios distintos y más pequeños que el de 1616. Más al norte todavía, fuera ya del territorio que hoy es México, los indios pueblo se levantaron contra el dominio español en Nuevo México a finales de ese mismo siglo, en un levantamiento que expulsó a los españoles de esa provincia durante más de una década, aunque su detalle pertenece a otra historia, la del actual suroeste de Estados Unidos.
Lo que estos episodios comparten es el motivo inmediato: no un plan para acabar con el dominio español en general, sino la defensa de una forma de vida —el territorio propio, las creencias propias, la libertad frente a la misión y el presidio— frente a un avance que se sentía cada vez más cerca.
1616
Los tepehuanes se levantan en la Nueva Vizcaya en la mayor rebelión del norte en ese siglo
El tumulto de 1692 en la Ciudad de México
El 8 de junio de 1692 la Ciudad de México vivió uno de los motines más graves de toda su historia virreinal. La causa inmediata fue la escasez de maíz: las cosechas del año anterior se habían perdido por el mal tiempo, el precio del grano subió mucho más de lo que la población podía pagar, y las quejas contra los responsables de distribuirlo llevaban semanas acumulándose sin respuesta. Ese día, frente al palacio virreinal, la protesta se volvió motín.
En el tumulto participaron indígenas, mestizos, mulatos y españoles pobres: gente de toda condición a la que el precio del maíz golpeaba por igual. La multitud incendió el palacio virreinal y el edificio del ayuntamiento, y saqueó los puestos de la plaza mayor antes de que las autoridades lograran restablecer el orden, ya entrada la noche.
La respuesta virreinal combinó el castigo con medidas de fondo. Hubo detenciones y penas para quienes se identificó como responsables directos de los incendios y los saqueos. Se prohibió durante un tiempo la venta de pulque, al que se culpó de haber envalentonado a la multitud. Y las autoridades intentaron, sin lograrlo del todo, sacar a la población indígena de la traza central de la ciudad, el área que se reservaba idealmente para los españoles, como manera de evitar que se repitiera una concentración así de gente inconforme en el corazón del poder virreinal.
El intelectual novohispano Carlos de Sigüenza y Góngora, que presenció los hechos, dejó un relato del tumulto en una carta que hoy se conoce como fuente de primera mano sobre ese día; aquí basta con nombrarlo. Un episodio distinto y anterior, el de los cimarrones de Yanga, que en 1609 habían negociado su libertad con la Corona tras años de resistir en el monte, se cuenta con su propio detalle en el tema de la esclavitud africana.
1692 · 8 de junio
La escasez de maíz desemboca en el motín que incendia el palacio virreinal y el ayuntamiento
Cancuc, Jacinto Canek y la resistencia de todos los días
En 1712, en el pueblo de Cancuc, en Chiapas, se levantaron los tzeltales en el mayor movimiento indígena de la región durante todo el periodo virreinal. El detonante, según los expedientes que se conservan, fue la aparición de la Virgen a una joven del pueblo: alrededor de ese hecho se organizó un gobierno y un clero propios, indígenas de principio a fin, que rechazaban la autoridad tanto civil como eclesiástica de los españoles. El movimiento se extendió a varias decenas de pueblos vecinos antes de que la represión, organizada desde la Audiencia de Guatemala, de la que Chiapas dependía, lo sofocara con tropas enviadas desde fuera de la región.
En 1761, en Cisteil, un pueblo de Yucatán, Jacinto Canek encabezó un levantamiento maya que llegó a proclamarlo como una nueva autoridad frente al dominio español. Fue sofocado en cuestión de días por la milicia colonial, muy superior en armas; Canek fue capturado y ejecutado en público en Mérida, como escarmiento dirigido a toda la región.
Ni Cancuc ni Cisteil son representativos de la manera más común en que los pueblos indígenas resistieron durante el Virreinato. La más común, sin incendios ni ejércitos, fue litigar: acudir al Juzgado General de Indios, un tribunal creado justamente para recibir sus quejas, y usar ahí las propias leyes de la Corona —las que en teoría protegían sus tierras y limitaban los abusos de las autoridades locales— para defender un pueblo, un litigio de tierras o una denuncia contra un alcalde mayor. Esa resistencia dejó menos huella en la memoria que un incendio o una ejecución pública, pero fue, con mucho, la más constante a lo largo de todo el periodo.
Sobre estos levantamientos hay que distinguir tres niveles de certeza. Está documentado que ocurrieron, en las fechas señaladas, y que sus expedientes registran agravios concretos como detonante inmediato: el tributo, el abuso de una autoridad, la tierra, el hambre. Está en disputa entre quienes investigan el tema si Cancuc y Cisteil buscaban restaurar un orden anterior a la llegada de los españoles o, más bien, construir uno nuevo que tomaba del cristianismo sus formas —la Virgen, los sacramentos, los cargos de la Iglesia— pero dejaba fuera a los españoles. Y no se puede establecer qué pensaba la mayoría de quienes participaron, porque casi todo lo que se conserva sobre estos episodios proviene de los expedientes de quienes los reprimieron, no de un testimonio propio de los rebeldes: leer esos expedientes como si fueran una ventana neutral a lo que pensaban los tzeltales o los mayas de Cisteil es una lectura que hay que hacer con cuidado.
Más adelante, ya en la segunda mitad del siglo XVIII, las Reformas Borbónicas trajeron su propio descontento, distinto en origen al de este tema: los motines de 1767 contra la expulsión de los jesuitas, en San Luis Potosí, Guanajuato y Michoacán, se cuentan en el tema de las Reformas Borbónicas.
1712
Los pueblos tzeltales de Chiapas se levantan y proclaman su propio gobierno y su propia Iglesia
1761
Jacinto Canek encabeza en Yucatán un levantamiento maya que es aplastado en semanas
«[…] y no consientan, ni den lugar a que los Indios vecinos, y moradores de las dichas Islas, y Tierrafirme, ganados, y por ganar, reciban agravio alguno en sus personas, y bienes: mas manden, que sean bien, y justamente tratados, y si algún agravio han recibido, lo remedien […]»
Qué hay que ver aquí: Es la cláusula del testamento de la reina Isabel, que la Corona colocó al frente de las leyes sobre el trato a los indígenas. Textos así son los que daban materia a la resistencia de todos los días: si la ley decía que ningún indígena debía recibir «agravio alguno» y que el recibido se remediara, un despojo de tierras o el abuso de un alcalde mayor podían llevarse a juicio. Pero fíjate en el título de la ley que va justo después: pide que ese buen tratamiento sea «de forma que no dexen de servir». La protección y el trabajo obligado venían en el mismo paquete.
Basado en: Gloria M. Delgado de Cantú, «Historia de México», y el programa de Historia de México I de la DGB/SEP.