🌾 Encomienda, repartimiento y hacienda
Cómo se consiguió trabajo indígena y tierra en Nueva España: la encomienda, el repartimiento y la hacienda, tres soluciones sucesivas al mismo problema.
La encomienda: tributo y protección, sin tierra
Terminada la conquista militar, los españoles que habían participado en ella esperaban un premio por su papel, y la Corona necesitaba una manera de organizar cómo iban a vivir de un territorio que no pensaba entregarles en propiedad absoluta. La primera solución generalizada fue la encomienda: un grupo de pueblos indígenas quedaba «encomendado», es decir, puesto a cargo, de un español al que se llamaba encomendero.
Lo que recibía el encomendero era tributo, en productos de la región, y trabajo de los pueblos que tenía a su cargo, y a cambio debía protegerlos y cristianizarlos, es decir, encargarse de que fueran instruidos en la fe católica. Conviene subrayar lo que la encomienda no daba, porque es el error más frecuente al contestar sobre ella en un examen: no era propiedad de la tierra ni de las personas. Los pueblos encomendados seguían siendo, en teoría, vasallos libres de la Corona, con sus propias tierras y sus propias autoridades.
En la práctica, la distancia entre lo que la ley permitía y lo que ocurría en cada pueblo fue amplia. Muchos encomenderos exigieron tributo y trabajo por encima de lo autorizado, y trataron a sus pueblos encomendados como si fueran de su propiedad. Esas denuncias, junto con la caída de la población, fueron parte de lo que llevó a la Corona a legislar sobre el tema con las Leyes Nuevas, cuyo texto se lee completo en el tema de la resistencia indígena; aquí importa su efecto sobre la encomienda: intentaron que dejara de heredarse de padres a hijos, para que con el tiempo todas regresaran a la Corona, pero la presión de los encomenderos hizo que esa parte se revocara poco después de promulgada.
El golpe más duro para la institución llegó después, a mediados del siglo XVI, cuando la Corona prohibió que la encomienda exigiera trabajo personal de manera directa y la limitó, cada vez más, al cobro de tributo. Sin el trabajo gratuito, la encomienda perdió buena parte de su valor para quienes la tenían, y fue apagándose con el paso de las generaciones, mientras los pueblos que antes estaban encomendados pasaban, poco a poco, a depender directamente de la Corona.
1535 · 14 de noviembre
Antonio de Mendoza toma posesión como primer virrey de Nueva España
1542 · 20 de noviembre
Las Leyes Nuevas prohíben esclavizar indígenas y ordenan que las encomiendas no se hereden
Qué recibía el encomendero
Tributo en productos de la región y trabajo temporal de los pueblos que tenía a su cargo.
Qué NO recibía
La propiedad de la tierra ni de las personas: ambas seguían siendo, en teoría, de los pueblos y de la Corona.
Qué debía a cambio
Proteger a sus pueblos encomendados y encargarse de su instrucción en la fe católica.
El repartimiento: trabajo por turnos, no por herencia
Cuando a la encomienda se le prohibió exigir trabajo directo y la población seguía cayendo por las causas que ya se cuentan en el tema de las consecuencias de la conquista, apareció otra manera de conseguir mano de obra: el repartimiento. En náhuatl se llamaba coatequitl, nombre que ya designaba, antes de la conquista, el trabajo colectivo que los pueblos debían a sus propios señores; la Corona retomó esa costumbre y la puso a su propio servicio.
El mecanismo era distinto al de la encomienda en un punto clave: quién decidía. En el repartimiento, una autoridad española —un virrey, un corregidor— señalaba qué pueblos debían enviar hombres, en qué proporción y por cuánto tiempo, y a qué obra, mina o hacienda se les destinaba. El trabajo se hacía por turnos cortos, de modo que ningún pueblo quedara sin gente para atender sus propias tierras, y en teoría se pagaba con un salario.
Distinguir el repartimiento de la encomienda es sobre todo distinguir quién asigna el trabajo y a quién beneficia. En la encomienda, el encomendero decidía sobre sus pueblos; en el repartimiento, la autoridad podía mandar una cuadrilla a cualquier español que la solicitara y la pagara, no solo a un encomendero. Buena parte de esas cuadrillas terminaron en los reales de minas que se multiplicaron tras el hallazgo de las vetas de plata de Zacatecas, aunque el funcionamiento de esas minas se cuenta en el tema de la economía novohispana.
Lo que la ley prometía y lo que ocurría en la práctica volvieron a separarse. Los salarios eran bajos, los turnos se alargaban más de lo previsto, y el trabajo en las minas era particularmente duro y peligroso: eso sí está documentado. Con todo, el repartimiento nunca resolvió del todo la necesidad de trabajadores permanentes que fueran atados a un solo lugar de manera estable, y esa necesidad es la que explica la siguiente institución.
1546
Se descubren las vetas de plata de Zacatecas y empieza el avance minero hacia el norte
«Ordenamos y mandamos, que los repartimientos, como antes se hacian de Indios, é Indias para la labor de los campos, edificios, guarda de ganados, servicios de las casas, y otros qualesquier, cessen […] y que los Indios se lleven, y salgan a las plazas, y lugares públicos acostumbrados para ello […] mas que obligarlos a que vayan a trabajar […] y ellos vayan con quien quisieren, y por el tiempo que les pareciere, sin que nadie los pueda llevar, ni detener, contra su voluntad»
Qué hay que ver aquí: La ley suprime los repartimientos «como antes se hacian» y, en la misma frase, obliga a los indígenas a presentarse en las plazas para ser contratados. Lo que les concede es escoger patrón y tiempo, no la libertad de no trabajar. Fíjate además en que la firmaron tres reyes distintos a lo largo de medio siglo: una orden que hay que repetir tantas veces es una orden que no se estaba cumpliendo, y de hecho el repartimiento para las minas siguió funcionando.
| Aspecto | Encomienda | Repartimiento |
|---|---|---|
| Quién decide a quién se manda a trabajar | El encomendero, sobre los pueblos que tiene encomendados. | Una autoridad española, como el virrey o un corregidor, sobre cualquier pueblo de su jurisdicción. |
| Quién recibe el trabajo | Solo el encomendero, mientras se permitió exigirlo. | Quien solicite y pague la cuadrilla: obras públicas, minas o haciendas. |
| Si hay pago | No: es tributo, parte de la obligación del pueblo. | En teoría sí, un salario, aunque en la práctica era bajo. |
| Si da propiedad de la tierra | No, en ningún caso. | No, en ningún caso. |
La hacienda: tierra y trabajadores permanentes
La tercera pieza de esta secuencia no es, como las dos anteriores, una manera de conseguir trabajo: es una manera de conseguir tierra y de organizar la tierra y el trabajo juntos. La hacienda era una gran propiedad agrícola o ganadera que producía sobre todo para venderse en las ciudades y en los reales de minas, no solo para el consumo de quien la trabajaba; lo que ahí se producía y cómo se vendía es tema de la economía novohispana, y aquí interesa solo cómo se formó esa propiedad y quién trabajaba en ella.
La tierra de las haciendas salió de tres fuentes principales: mercedes que la Corona otorgaba a particulares, compras entre españoles, y la apropiación de tierras de pueblos que quedaron despobladas o con muy poca gente tras las epidemias sucesivas. Desde finales del siglo XVI, la Corona añadió otra vía: permitió legalizar títulos dudosos mediante la composición de tierras, a cambio de un pago.
Para funcionar, la hacienda necesitaba trabajadores más estables que los que le daban la encomienda o el repartimiento, y ahí aparece el peonaje. Conviene distinguir dos situaciones: los peones acasillados, que vivían todo el año dentro de la hacienda, muchas veces con una deuda pendiente con ella, y los trabajadores temporales, que llegaban solo en la época de más trabajo, como la cosecha. La «tienda de raya», que suele mencionarse junto con esto, es en realidad una institución más propia del siglo XIX; usarla para explicar toda la etapa colonial es adelantarse.
Sobre ese endeudamiento hay una discusión entre quienes investigan el tema: para unos, era una forma de atar por la fuerza a un trabajador que de otro modo se habría ido, una servidumbre por deudas; para otros, era sobre todo un adelanto de dinero que la hacienda ofrecía para atraer a trabajadores escasos en regiones con poca población. Ninguna de las dos lecturas niega que la deuda existiera; lo que está en disputa es qué tanto pesaba cada explicación.
La falta de trabajadores también llevó a otra respuesta, que se cuenta con detalle en el tema de la esclavitud africana: la compra de personas esclavizadas traídas por la fuerza desde África, sobre todo hacia las regiones donde la población indígena había caído más.
Tres respuestas, en orden, a un mismo problema
La encomienda
Tributo y trabajo a cambio de protección, sin dar la tierra.
- Se reparte entre los primeros españoles que participaron en la conquista.
- A mediados del siglo XVI pierde el derecho a exigir trabajo personal y empieza a apagarse.
Ojo: No daba nunca la propiedad de la tierra: es el error más común de examen.
El repartimiento
Trabajo obligatorio y por turnos, asignado por una autoridad y no por un particular.
- Retoma el coatequitl, obligación de trabajo colectivo anterior a la conquista.
- Alimenta obras, minas —como las que crecieron tras el hallazgo de Zacatecas— y haciendas.
Ojo: Era temporal: nunca ataba de forma permanente a un trabajador con un lugar.
La hacienda
Junta tierra y trabajadores permanentes en una sola unidad de producción.
- Se forma con mercedes, compras y tierras de pueblos despobladas por las epidemias.
- Con el peonaje consigue lo que ni la encomienda ni el repartimiento daban: trabajadores que se quedan todo el año en un mismo lugar.
Dato: Una misma hacienda podía tener trabajadores de tres tipos distintos al mismo tiempo: peones acasillados que vivían ahí todo el año, trabajadores temporales que llegaban por temporada, y cuadrillas de repartimiento enviadas por las autoridades.
Las congregaciones y las tierras que resistieron
Con la población dispersa en asentamientos cada vez más pequeños por la caída demográfica, las autoridades llevaron a cabo las congregaciones, también llamadas reducciones: reunir a la gente de varios lugares en un solo pueblo, trazado con calles y una plaza central, entre finales del siglo XVI y comienzos del siguiente.
El objetivo era triple. Facilitaba cobrar el tributo, porque era más sencillo contar y visitar un pueblo concentrado que decenas de rancherías dispersas. Facilitaba la evangelización, porque bastaba con una iglesia y un cura para todo el pueblo. Y dejaba libres las tierras que antes ocupaban los asentamientos dispersos, tierras que en muchos casos terminaron sumándose, por mercedes o por composición, a las haciendas de los alrededores.
Lo que resistió a esa presión fue la tierra comunal de cada pueblo reconocido: el fundo legal, que era el terreno del propio asentamiento; el ejido, las tierras de uso común a la salida del pueblo, cuyo nombre retomó siglos después la reforma agraria; y las tierras de cultivo que lo rodeaban, administradas por las autoridades del pueblo mismo. Esas tierras comunales fueron el límite que la expansión de las haciendas no siempre pudo saltarse, y el motivo de buena parte de los litigios entre pueblos y haciendas durante el resto del periodo virreinal.
Hacia comienzos del siglo XVII las tres instituciones convivían: la encomienda, ya reducida casi solo a tributo; el repartimiento, activo sobre todo hacia la minería y las obras públicas; y la hacienda, creciendo sobre tierra otorgada, comprada o «compuesta». Ninguna sustituyó del todo a la anterior: se fueron sumando unas a otras conforme la vieja solución dejaba de alcanzar.
Basado en: Gloria M. Delgado de Cantú, «Historia de México», y el programa de Historia de México I de la DGB/SEP.