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🏚️ El país por dentro

Economía, caminos y sociedad del México independiente: el suelo sobre el que ocurría todo lo demás.

Una economía que no arrancaba

La minería, que había sido el motor de la Colonia y la principal fuente de ingresos públicos, quedó destruida por la guerra de Independencia: minas inundadas, socavones derrumbados y maquinaria abandonada. Recuperar una mina inundada exige años y capital, y de las dos cosas había poco. Compañías inglesas invirtieron en algunas, con resultados desiguales.

La agricultura seguía organizada alrededor de la hacienda y producía sobre todo para consumo local, porque llevar grano de una región a otra costaba más que el grano mismo. Los caminos eran malos, largos y peligrosos: el asalto en despoblado era tan común que encarecía todo lo que se movía, y las regiones acabaron viviendo de espaldas unas a otras.

No había banca. Quien necesitaba un préstamo acudía a la Iglesia, que era la institución con capital disponible, o a prestamistas particulares que cobraban intereses altísimos al propio gobierno. Ese detalle explica por qué el Estado quedó atado a sus acreedores: sin ingresos regulares y sin sistema financiero, cada gasto extraordinario se cubría con un préstamo carísimo.

  • Agiotista

    Prestamista que adelantaba dinero al gobierno con intereses muy altos y garantías sobre ingresos futuros de aduanas. Con las finanzas quebradas, era casi la única fuente de crédito.

  • Alcabala

    Impuesto que se cobraba al pasar mercancías de una región a otra. Encarecía el comercio interno y era una de las razones de que cada zona viviera aparte.

  • Hacienda

    Gran propiedad rural que concentraba tierra y trabajadores. Siguió siendo la forma dominante del campo mucho después de la Independencia.

La institución más rica del país

La Iglesia católica era, con diferencia, la mayor propietaria de bienes raíces del país: edificios, tierras y casas urbanas acumulados durante tres siglos. Era además el principal prestamista, la administradora de hospitales y escuelas, y la que llevaba los registros de nacimientos, matrimonios y defunciones, porque no existía un registro civil.

Esos bienes casi no circulaban. Al pertenecer a una corporación que ni vendía ni heredaba, quedaban fuera del mercado —de ahí el nombre con que se les llamaba, bienes de manos muertas— y con ellos una parte importante de la riqueza del país. Para quien pensaba que la economía necesitaba propiedad que se comprara y se vendiera, eso era el problema central.

Y conservaba su fuero: sus miembros eran juzgados por tribunales propios y no por los comunes. El ejército tenía el suyo. Los dos venían garantizados desde el Plan de Iguala, y los dos contradecían la igualdad ante la ley que ese mismo plan proclamaba. Esa contradicción, aplazada en 1821, es la que va a estallar en la etapa siguiente.

Dos maneras de ver los bienes de la Iglesia
AspectoQuienes querían desamortizarlosQuienes querían conservarlos
Qué veían en ellosRiqueza inmovilizada que no produce ni paga impuestos.El patrimonio con que se sostenían hospitales, escuelas y culto.
Qué proponíanObligar a venderlos para que pasaran a manos de particulares.Dejarlos como estaban, por ser propiedad legítima.
Qué esperaban lograrCrear pequeños propietarios y ampliar la base fiscal.Evitar que se destruyeran servicios que el Estado no podía dar.
Qué pasó en la prácticaLos compraron sobre todo quienes ya tenían capital.Los servicios pasaron al Estado, que tardó décadas en cubrirlos.

Quiénes vivían aquí

El país tenía alrededor de siete millones de habitantes, la mayoría en el campo y en el centro y sur del territorio. El norte, enorme, estaba casi vacío, y esa desproporción explica tanto la política de colonización de Texas como la dificultad para defender lo que se perdió después.

La supresión legal de las castas fue real, pero el peso del origen no desapareció con el decreto. Los pueblos indígenas conservaron tierras comunales y formas de gobierno propias, y de hecho la ley que más los afectó no fue ninguna de las de esta etapa sino la desamortización posterior, que al obligar a repartir la propiedad corporativa alcanzó también a las comunidades.

La educación era escasa y estaba en manos de la Iglesia. La mayoría de la población no sabía leer, lo que explica por qué los planes se proclamaban leyéndolos en voz alta en las plazas y por qué la discusión política, tan intensa en los periódicos, alcanzaba a una minoría. Ese detalle conviene tenerlo presente al leer que «el país» debatía entre federalismo y centralismo: quienes debatían eran unos cuantos miles.

Dato: En 1848, ir de la Ciudad de México a Santa Fe, Nuevo México, tomaba semanas de camino. Ir de Nueva York a Nueva Orleans por barco tomaba días. Esa diferencia de tiempos vale como explicación de por qué el norte se defendía tan mal.

Basado en: Gloria M. Delgado de Cantú, «Historia de México», y el programa de Historia de México I de la DGB/SEP.